Era la tarde
de un domingo, yo venía bastante apedreada, no por el último barbudo que me había
dejado expuesto el corazón, sino porque el desenlace de aquella fugaz y
precaria relación había traído todas las decepciones de este último año y
medio. Entonces ahí estaba yo, en el escenario ideal: un domingo a la tarde,
llorando como una desquiciada por una película francesa que no merecía ni la más
mínima consideración, cuando una idea pasó por mi cabeza.
Bajé esa aplicación de la que me venían hablando hacía meses.
Puse mis mejores fotos, un rango de edad, género, intereses y cercanía.
Apreté aceptar y dejé que los algoritmos, el big data y el
destino hagan su trabajo.
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