Es raro que duerma desnuda, pero el martes de la semana pasada (o fue de la anterior?), los 35 grados de térmica no me dejaron otra opción. También dejé la ventana abierta, y la persiana a medio bajar (o subir). Me desperté cuando ya era de día, destapada y sobresaltada, y lo primero que divisé fueron los ojos de ella mirándome. Era la vecina del piso de arriba en diagonal al mío (vivo en el contrafrente).Esa que desde que me mudé vive permanentemente, día y noche con la luz del velador prendido, esa que en una oportunidad mirábamos con Martín mientras hablaba por teléfono compulsivamente y se paseaba en bombacha por su living. Esa misma, me miraba. Y yo, en bolas. Sin pensarlo demasiado (de mañana mis neuronas trabajan menos de lo habitual), me tapé, di media vuelta y seguí durmiendo. Ahora, desde ese día, a veces, cuando estamos Elchico, me dan unas ganas bárbaras de subir la persiana y llamarla.