Wednesday, September 23, 2009

de duelos y cepillos de dientes de color verde

Lo primero que hice a la mañana siguiente fue tirar el cepillo de dientes verde que me miraba con su cara sonriente cual si fuera un cuchillo clavándose en mi pupila. Durante los próximos días no se si me dolía más el vacío del cepillo que lo que me hubiera provocado el haberlo dejado.
Esa mañana, la mañana en que tiré el cepillo, empecé a borrar el último de los mensajes de texto que me había mandado al celular. Y así los fui borrando, uno por uno, todas y cada una de las mañanas que siguieron.
Al tiempo, eliminé los mails. Las declaraciones que me había dejado en el grabador. Mis amigos se fumaron lo que había quedado. Y ya no quedó nada más físico que lo trajera.
Durante las próximas semanas que parecieron años, traté de hacer todo lo recomendado para estos casos y que me había dado resultado períodos similares: me quedé en casa en bombacha y pantuflas todo el fin de semana, salí con mis amigos, me anoté en un curso, conocí gente nueva, salí con gente nueva, intenté tener sexo. Todo. Pero nada, seguía ahí, indemne.
Entonces, traté de borrar los recuerdos, esos se colaban inoportunos en cualquier momento. Pero con eso no pude. No era un cepillo, ni un mensaje de texto, ni un faso, ni una frase, ni un mail.
Y el extrañamiento sigue. Y el vacío también, los recuerdos, los nudos en los dedos para no llamarlo y morir estrolada contra otra pared. Supongo que el duelo será proporcional a lo vivido. Mientras tanto aprendí que muchos nuncas no existían y me sorprendí con un montón de cosas que brotaron de mí y ni sabía que las tenía.
Que existe lo verdadera y absolutamente intenso, la locura del amor y la razón de la locura.
Y que la verdad y a pesar de todo, no me arrepiento de haberme quedado, cuando hace casi dos años, Elchico me dijo: “tengo 18 años” y yo amagué a levantarme e irme.
Pero me quedé.