Monday, April 30, 2007

Loca y Norte XI: y el destino se definió en la terminal

La Quiaca fue llegar, pasar la frontera a Bolivia para comprarle un pullover a Almendra y otro multicolores para mí y volver a la terminal con Javi para sacar nuestros respectivos pasajes con diferentes destinos. Javi se volvía a Humahuaca para ver la finalización de los carnavales, y yo partía rauda a Salta para seguir con la segunda parte de mi viaje. Primero fuimos a la ventanilla donde se compraban los boletos con destino a Salta, yo no me podía decidir por el horario más conveniente para viajar, mirábamos los horarios mientras la gente con bolsos, bolsas, mochilas y niños nos pasaban por delante, por el costado, por arriba y por encima. Entre el calor, la indecisión y el apretujamiento, Javi me agarró del brazo, me sacó a un costado de la terminal y me dijo: “¿y si te venís conmigo a Humahuaca?”. Y ahí mismo se me arremolinaron todos los pensamientos, los sentimientos, las impresiones, las sensaciones, y no pude más que quedarme callada por quince minutos mientras una parte mía se moría de ganas de volver a Humahuaca con el, y la otra me recordaba no moverme del plan inicial de viajar sola. Los quince minutos de silencio valieron para escucharlo a Javi decir: “Dale. Vení. Te prometo que el domingo te subo en el micro a Salta y seguimos el viaje cada uno por su lado”.
Y entonces, ahí mismo acordamos doblar un poquito el destino. Volvimos a entrar a la terminal, pasamos por encima de los bolsos, mochilas, bolsas y niños, y sacamos dos pasajes con destino a Humahuaca.

Monday, April 23, 2007

Loca y Norte X: Loca+Javi III

Y resultó ser que Javi cumplía años al día siguiente, y a las doce lo festejamos juntos con cervezas y banda en vivo incluida. Y resultó ser que en esa noche, en que todas las estrellas se fueron hasta Yavi para saludarlo, me pidió que le regalase un beso; y así fue que, aunque el no lo supo, esa noche, la que se ligó un regalo sin haber cumplido años fui yo.

Después de los besos, decidimos volver al hostel dónde nos esperaba una sucesión de eventos bizarros: la platense transando con el bajista de la banda en la puerta de la habitación, la habitación vacía y a mí que lo único que se me atravesó por la cabeza fue decir: “¿tomamos mate?”. Encontrar al cocinero masturbándose en la cocina cuando fui a buscar agua, mi corrida otra vez hasta la habitación para contarle a Javi del hallazgo, las risas, la certeza de que en el pueblo todos estaban en llamas y eso nos incluía, los mates que finalmente tomamos cuando el cocinero se recompuso, la primer noche que dormimos juntos sin acostarnos, la primera mañana que me desperté al lado de Javi como si eso fuese lo más natural del mundo. La pacifica incertidumbre de despertarme con la única certeza de que iba a armar mi mochila para irme otra vez, en esta oportunidad hasta La Quiaca. La grata sorpresa seguida de la sonrisa que se me dibujó en el rostro y en el alma cuando Javi me dijo que me acompañaba.

Thursday, April 12, 2007

Loca y Norte IX: Loca+Yavi: Lejos, donde la luna sale, te vengo a encontrar

Entonces, a veces pasa, que las horas se relajan y marcan un compás muy diferente al vaivén de los 60 minutos a los que nos tienen acostumbrados. Y los eventos se suceden como un suspiro y al mismo tiempo se cristalizan en el aire para siempre. El día en que conocí a Javi las horas marcaron ese extraño compás. Todo lo que voy a contar, pasó en un día, y cuando cerré los ojos ese 24 de febrero, entendí que a veces pasa, que las horas nos regalan ese mágico vaivén. Lo mejor es recibirlas con una sonrisa y disfrutar todo lo que traen.

Un, dos, tres.. y dice

De acuerdo a mi versión de los hechos, entré en la cocina a buscar agua caliente para el mate, y me puse a charlar con una cordobesa que estaba lavando los platos. Cuando el agua estuvo lista, cargué el termo, me fui al cuarto a buscar los adminículos para tomar mates y me encuentro con el personaje con onda sentado en su cama, refregándose los ojos, quejándose porque la noche anterior no había dormido nada por estar de joda en Humahuaca, mientras me miraba con expresión de : ¿Qué hago acá?¿Y esta Loca de pollera de bambula roja.. quién es?...
A pesar de eso, le pregunté si quería venir a tomar mates conmigo al comedor, y me dijo que si.

De acuerdo con la versión de los hechos de Javi (la que conocí unas semanas después en una pizzería del conurbano bonaerense), se despertó por una voz que venía de la cocina y experimentó una extraña sensación mezcla de enamoramiento y curiosidad por la cadencia y el tono vocal. Me vio entrar al cuarto con el termo, confirmó que era mi voz, y no pudo creer su suerte cuando lo invité a tomar mate.

Si fue así, lo disimuló bastante bien. Pensé que era un amargo cuando lo vi entrar al comedor con su mate y su termo desde donde cebaba y tomaba sus propios mates. Creo que alguna de mis risas sobre la escena que estábamos viviendo rompió el hielo, y entonces arriba de la mesa quedó un solo termo, un solo mate y una sola bombilla.

En medio de alguno de los mates planeamos irnos caminando a Yavi Chico, un pueblito que quedaba a unos kilómetros de ahí. Emprendimos la marcha. Fue una caminata en la que no paraba de reírme, y asombrarme con la cantidad de puntos en común que guardábamos con Javi. Los “a mi me pasa lo mismo”, “como yo” y “tal cual” se sucedían a cada frase, y cuando dijo “es increíble, uno se puede pasar la vida yendo a bares y boliches y no tener ni dos cosas en común con ninguna mina, y viene acá y de repente, en el medio de la Quebrada, te conoce a vos” entendí que fue el mejor piropo que alguien podría haberme dicho alguna vez.

Vale decir que nunca llegamos a Yavi Chico, porque a la mitad del camino, nos encontramos con un nene arriando cabras que nos comentó que ya se estaba haciendo de noche y era peligroso andar por ahí. Así que volvimos, y ahí, en el medio de las piedras, las montañas, el paisaje y con la luna de fondo que empezaba a salir, una vez más, con Javi acordamos en que, la felicidad no está en la llegada, sino en transitar el camino.
Y como los paisajes del camino a veces no dejan de sorprendernos, en ese momento no lo sabía, pero lo mejor...

Lo mejor...

Estaba por llegar.

Friday, April 06, 2007

Loca y Norte VIII: Loca + Yavi

Llegué a Yavi para conocer a Javi. Lo entiendo un mes después, mientras escribo este capítulo de las vacaciones. También llegué al Norte para conocerme un poco más a mí.
Javi se cruzó por el camino del Norte para que me mire en un espejo y termine así de aprender un poco acerca de mi actuar en las relaciones. Y aunque lo haya aprendido un mes después, y aunque no todo haya sido de ensueños y terminado con un “vivieron felices y comieron perdices”, y aunque todavía me siga preguntando porqué necesito tropezarme y caerme con la misma piedra para aprender y cuándo crecer dejará de ser algo doloroso hasta la médula, y aunque pensar en la idea de no verlo más me llene el corazón de desazón y vacío; la historia con Javi fue una de las más movilizantes, inspiradoras, contradictorias y a la vez hermosas que viví hasta ahora.
Y porque no es justo empezar una historia por el final, y porque la historia con Javi post Norte pertenece a otra historia cuyo final es, espero, aún incierto:

Llegué a Yavi para conocer a Javi, y mi deseo es que mis palabras puedan al menos reflejar una milésima de las increíbles sensaciones que volví a experimentar luego de haberme tropezado con este personaje dueño de la más luminosas de las miradas.

Y dice así:

Para llegar a Yavi tomé el micro que va a La Quiaca. Una vez ahí, conseguí un remís que me llevó hasta otra ruta por donde pasa un colectivo que va a Yavi (no hay micros que vayan desde Humahuaca hasta Yavi). El remís me dejó en una casilla al costado de la ruta por dónde pasaría el colectivo, pero después de una hora tomando mate con el sol de las 11 de la mañana pegándome de lleno, presentí que el micro no llegaría nunca. Fue entonces cuando me dispuse a hacer dedo. Me levantaron unos músicos que iban en una combi. Me dejaron en un hostal en el medio de casas de adobe, calles de tierra, la aridez de meses sin llover y el sol del mediodía. No me explico porqué no entré en ese hostal a pesar de tener hambre, calor y querer sacarme de una vez por todas la mochila de los hombros. Así que seguí caminando y entré en otro hostal donde me recibieron muy amablemente, me llevaron a una de las habitaciones, depositaron mi mochila en una de las camas y me presentaron a una de las chicas que estaba parando ahí desde hacía unos días. Oriunda de La Plata, y dueña de una sonrisa amplia y radiante, ella ordenaba ropa que sacaba de una mochila mientras me decía los lugares del pueblo que podía ir a recorrer. Dejé mis cosas y salí a conocer Yavi. Caminé por una ciudad que conserva esquirlas de los colonizadores; llegué hasta dónde descansaban pinturas rupestres que el tiempo ni el clima pudo borrar, y paré al costado de un camino de agua a leer. Saqué algunas fotos y volví al hostal. Entré en la habitación. La platense no estaba, pero en la cama de al lado a la mía había un chico, que, a pesar de los 30 grados de calor, dormía enroscado en una bolsa de dormir y con la boca abierta. Me lo quedé mirando un rato, agarré el termo de la mochila y fui a buscar agua caliente a la cocina mientras pensaba: “tiene onda, ojalá que esté solo”.


Thursday, April 05, 2007

Loca y Norte VII: Loca y Hippie III - "El Asadito"

Nos encontramos con Hippie y Pulgas en la plaza frente a la terminal y fuimos al mercado a hacer las compras. Hippie caminaba las calles de Humahuaca saludando a los transeúntes, alzando niños, acariciando a los perros. Algo similar a un político en plena campaña proselitista. Una vez hechas las compras, me advirtió que la pensión en la que paraba, estaba un poco lejos de la ciudad. Ahí es donde nos dirigíamos minutos después, saltando piedras, pateando caminos de tierra, subiendo cerros, mientras yo me preguntaba y le preguntaba cómo volvería a la ciudad en mitad de la noche.
Finalmente llegamos a la pensión, un lugar parecido a la vecindad del Chavo, con una pareja de vecinos jóvenes con hijos; hippies y rastas saliendo y entrando, y Doña Elia, la versión femenina del Sr. Barriga que justo en ese momento estaba reclamando el pago de las habitaciones. Hippie vivía en un cuarto sin ventanas, con una bolsa de box y un par de cueritos donde dormía con Pulgas. Nada más. Ni cama, ni mesa, ni silla, ni sábanas, ni frazadas.
Nos sentamos en el piso, abrimos una de las cervezas que habíamos traído, tomamos sendos tragos y nos fuimos al fondo a hacer el asado. Después de casi hora y media y una cerveza; el asado ya estaba listo. Compartimos platos, cubiertos y hasta teníamos ensalada. Uno de los asados más ricos que comí en el verano, por lejos. Siguieron pasando las cervezas, y Hippie me empezó a hablar de su pasado y de Dios, le decía “El Chabón”. Me dijo que lo había salvado, que cuando todavía no era mayor de edad salía a robar encañonado, que se drogaba, que lo había agarrado la policía y estuvo en una granja de rehabilitación durante un tiempo. Ahí fue cuando conoció al “Chabón” que le salvó la vida.
Yo lo escuchaba hablar de la bronca con que se había criado por un padre ausente y una madre que no supo contenerlo, de la inconsciencia con que apuntaba para robar, de la poca importancia que le daba a la vida. Yo no podía más que asentir con la cabeza y hacer algunas preguntas aisladas para guiar la conversación.
Admito que en el momento en que Hippie me contaba de su pasado tomé conciencia de que nadie en el mundo sabía que estaba entre las cuatro paredes de una habitación de un barrio alejado del casco histórico de Humahuaca conversando con un completo extraño.
Admito que tuve miedo y mientras lo seguía escuchando no veía la hora de que terminásemos la cerveza como excusa para volver a la ciudad.
A pesar de todo, asumo que frente a las palabras de Hippie, me asombraba la habilidad de El Barba para meterme en situaciones en las que seguía demostrándome que estaba ahí y existe.
Asumo, que no entiendo por qué, al mismo tiempo que escuchaba el pasado de Hippie como drogadicto y ladrón y su conversión, una fuerza instintiva me dictaba que tenía que terminar la cerveza y volver la ciudad (ahora sospecho que la fuerza instintiva tenía una voz parecida a la de mi madre).

Cuando terminamos la cerveza le dije a Hippie que me tenía que ir porque al otro día salía temprano para Yavi y admito que sentí que todavía me quedaban muchas cosas que aprender sobre mí, mis prejuicios y mis miedos cuando Hippie me dejó en la puerta del hostal sana y salva y me regaló un collarcito con una cruz que había hecho el.

Asumo que, a veces, el miedo te convierte en su esclavo, y tal vez me arrepiento de no haber estado más relajada durante el encuentro con Hippie, pero aunque en ese momento no lo sabía, era sumamente necesario despedirme justo en ese preciso momento de Humahuaca, para encontrar lo que me esperaba en Yavi.

Wednesday, April 04, 2007

Loca y Norte: Loca y Hippie II

Empecé a desconfiar de la abstinencia de Hippie en el momento en que intercambiamos celulares en la mesa del Comedor. Me dijo que esa noche tocaba la banda de un amigo en un bar, y que estaba invitada a verlos. Le dije que a la tarde pasaba por el puesto y ultimábamos detalles, y me fui a recorrer los cerros.
Bajando por los cerros, me interceptó un tucumano en bicicleta que me empezó a hacer unas preguntas sobre el camino y el paisaje que no supe contestar y entre mis respuestas huecas, filtró una invitación a tomar una gaseosa (aunque yo hubiese preferido una cerveza).
Así que, ya cansada y con sed, accedí a tomar una Sprite en el escalón de una casa cualquiera de Humahuaca. El locuaz tucumano me contaba de sus días en Buenos Aires, de su ocupación actual, de sus vacaciones en bicicleta. En eso estábamos cuando me llega un mensaje de Hippie reclamando mi ausencia en su puesto e invitándome a comer un asado a su casa.
Le respondí que cómo, dónde y cuándo, y me despedí del tucumano que siguió por el camino con sus historias y bicicleta a cuestas.