Tuesday, January 30, 2007

Loca y amigo de acompañante de Amiga

La Loca se está poniendo vieja, así que hoy, rememora viejos tiempos y postea una anécdota ocurrida durante el verano pasado, que seguramente hará la delicia de chicos y grandes.

Y dice así:

Eran tiempos en que Loca y Amiga lloraban penas de amor en brazos de chicos ajenos. Amiga tenía un acompañante que estudiaba medicina en Buenos Aires, pero era de alguna localidad del interior que ya no recuerdo. Una noche de algún sábado del verano pasado, Amiga le dice a Loca que su acompañante tenía un compañero de la facultad, también del interior, para presentarle. Así es que, ese mismo sábado por la noche, Amiga, acompañante, amigo de acompañante y Loca cenan, mira una película, toman cerveza y charlan hasta que amiga se va con acompañante a uno de los cuartos del departamento. Loca y amigo del acompañante se quedan hablando de política en la mesa de la cocina hasta que se termina la cerveza y se disponen ir a comprar más. En el trayecto de regreso del kiosco donde adquirieron la bebida, amigo de acompañante le parte a Loca la boca de un beso, y ella responde de igual manera, claro.
Al llegar nuevamente al departamento, siguen los besos y acompañante de amigo le sugiere a Loca ir a su departamento, y ella acepta, claro.
Así es que, se toman el colectivo, y parten hacia la morada el joven amigo de acompañante. Llegan a una especie de piso compartido de estudiantes deshabitado por el resto de los integrantes. A esta altura, y mientras ingresaban a los besos en una de las habitaciones, Loca cree conveniente dar a conocer una gran verdad en la que venía pensando desde que estaba en la cocina de acompañante de Amiga tomando cerveza. Y es entonces, cuando con toda la naturalidad del mundo, le dice a amigo de acompañante:
“Estoy indispuesta, pero estoy en mis últimos días”...finalizada la frase y ante cualquier pronóstico esperado, amigo de acompañante dice: “ayy.. pero me lo tendrías que haber dicho antes. Dormí acá que yo me voy a la otra habitación”...Loca entre sorprendida, enojada y extrañada, abre las sábanas de la cama y comienza a meterse vestida como estaba para dormir hasta la mañana siguiente, cuando amigo de acompañante dice: “pero ¡no!.. pará. Tomá, ponete este piyama que me vas a llenar la cama de gérmenes”, y saca del cajón de una cómoda un pantalón de piyama cuadrillé y una remera y los dispone sobre la cama.
Ante toda esta extraña sucesión de acontecimientos, Loca obediente, se pone el piyama, se mete en la cama y se quede dormida.
A la mañana siguiente cuando se despierta, amigo de acompañante le ceba mate, le prepara un sándwich de jamón y queso, miran juntos la película “Esperando la Carroza” que estaban pasando por Telefe, y acompaña a Loca a la parada del colectivo.

Nunca más volví a ver a amigo de acompañante. Pero esté dónde esté, le quiero decir que la frase: “Me llenás la cama de gérmenes”, ya guarda un lugar en el cuaderno de la frases más extrañas escuchadas por Loca.

Thursday, January 25, 2007

Loca y Larva

Eran casi la una y media de la madrugada cuando entré al cuarto. En el preciso instante en el que me senté en la punta de la cama escuché algo que caía en algún lugar entre la pared, la cabecera de la cama y la mesa de luz. A partir del ruido de la caída, empezó un sonido similar al de un gusano gigante gestándose en un capullo, que avanzaba por el piso hacia dónde estaba sentada. Pensé que era el gato que estaba acicalándose bajo la cama. Pero, cuando fui al otro ambiente del departamento para buscar un libro que había dejado arriba de la mesa, me lo encontré al gato, que sentadito y moviendo la cola me miraba con cara de ¿qué pasa que me mirás así?, porque yo debería de tener cara de ¿qué hacés acá? ¡se supone que tenés que estar acicalándote abajo de la cama!!. Y fue en ese preciso momento en el que me invadió el miedo irracional de ser atacada por aquella larva gigante que se estaba gestando debajo de mi cama. Lo primero que pensé fue en llamarlo a El, pero no me acuerdo su teléfono de memoria, y el celular con la agenda estaban en la mesa de luz. Ni mamada volvía al cuarto. Lo máximo que hice fue estirarme hasta la puerta, y cuando escuché que la larva seguía retorciéndose en una esquina de la habitación, volví corriendo al otro ambiente.
Dormir en el living no era un buen plan. Hacer entrar al gato al cuarto y que se lo coma la larva tampoco. No tenía idea de lo que iba a hacer. Me senté y empecé a pensar en que estrategias iba a utilizar para erradicar a la larva gigante. Levanté el tubo del teléfono de línea y llamé a mi mamá. Claro, que otra cosa podía hacer. Le conté la situación. Se asustó, y no sabía como podía ayudarme porque vive a kilómetros luz del departamento (en realidad está de la General Paz un poquito para el oeste, pero a la hora en que la estaba llamando, cuando llegase, la larva ya nos iba a haber comido al gato y a mí). Mamá llamó a El Perro (mi hermano), que vive un barrio pegadito al mío, y en diez minutos, Perro estaba tocando el portero. Qué qué pasó, qué cómo es, que me llamó mamá y me asusté, qué que ruido tan raro, para mi se te metió un bicho en la mesa de luz. Y ahí Perro empezó a correr los muebles, y yo ya no sé si tenía miedo de que se topase con la larva gigante o que de tanto correr muebles se fuese a encontrar con aquel forro usado que El dejó en la mesa de luz y nunca volvimos a encontrar. Ni una cosa ni la otra: ni bicho, ni forro, ni larva gigante, ni ectoplasma, ni nada. No encontramos nada. Pero el ruido seguía ahí. Volvimos a poner los muebles en su lugar, y el sonido de la larva gestándose fue aminorando hasta desaparecer. Tal vez venía de algún lugar de la pared. Perro volvió a su casa. Yo me fui a la cama y al rato me quedé dormida.
Ahora tendría que estar en la cama. Pero hace un rato fui, apoyé la oreja contra la pared y la volví a escuchar. Si, si, la larva está ahí. Y se sigue gestando.

Lo juro.

Tuesday, January 16, 2007

Para ellos y sobretodo para ella (aunque no lea)

Nos encontramos en los márgenes. Nos unen los autores, los libros, la música, la ropa, la comida, la bebida y los hábitos que atraviesa la ideología compartida. Nos une el caminar en el mismo sentido. Nos unen las soledades y sabemos que el único agente que nos puede separar es la muerte.
A mis amigos los encontré en los márgenes. Se acercaron cuando estaba llorando en un rincón porque no me quería quedar en la salita del preescolar. Los conocí cuando me quedaba al costado de la cancha porque nadie me elegía para jugar al vóley. Me acompañaron con un café cuando iba al bar de la facultad “sin onda” al que no iba ninguno del resto de los compañeros. Los conocí cuando compartíamos las horas en un trabajo burócrata que llegamos a odiar. Me ayudaron a trazar estrategias para poder irnos juntos de ese mismo trabajo. Brindamos en navidades mientras olvidábamos nuestras penas. Los encontré cuando me separé porque me llamaron para salir un sábado en el que todos estaban con sus parejas.
Y así me enseñaron que el preescolar no era tan malo porque había juegos que no tenía en casa; que me podía quedar al costado de la cancha escuchando música desde sus auriculares de los walkman. Y el café sin onda se convirtió en el lugar de reunión de los elegidos, y del trabajo burócrata que odiábamos podíamos sacar múltiples beneficios como hacer llamados a conocidos del interior, imprimir capítulos enteros de libros, o jugar a las sillas chocadoras cuando el jefe se iba de viaje. Y también brindamos por habernos conocidos en esas navidades con penas del corazón, y salimos de ronda por los bares mientras caminábamos juntos por el sendero de las latas abolladas.
Y hoy los escucho cuando aparecen con el corazón apedreado y sin ganas de seguir luchando. E intento darles aliento mientras se me quiebra el alma porque si ellos se caen, yo también me caigo. Porque no estamos solos, estamos interconectados por hilos invisibles y cuando uno se mueve, repercute en el resto. Porque son los que sin saberlo me rescataron de los márgenes, y quienes con solo apoyar sus manos sobre las mías mientras lloro me demuestran su incondicionalidad. Y con ellos quiero seguir compartiendo todo lo que traigan los días, porque por ellos, entiendo que estar acá vale la pena.
Y tengo la certeza de que van a poder salir de ese pozo en el que estén metidos, porque confío y porque siempre voy a estar sosteniendo la soga que los hace subir y espanta las soledades.
Para seguir caminando juntos hoy, mañana y hasta que la muerte nos separe (y eso está tan, tan lejos).

Thursday, January 11, 2007

¿Qué te iba a decir?

Obviamente te escribo esto porque estoy convencida de que nunca vas leerlo, y no me importa que lo lean unas 30 personas por día (según con el contador que está al final del blog).
Te escribo porque cada vez que nos encontramos pienso en decírtelo, pero cuando te miro a los ojos, se me nubla todo, me agarra vértigo y sólo atino tomar un vaso de cerveza, y después otro, y otro más, y entonces empezamos a debatir sobre los cánones sociales y las desigualdades y me pierdo entre el gesto de tus labios, tu mirada calma, la contundencia de tus palabras, y yo; que lo único que puedo hacer es seguir tomando cerveza y pensando en que en cualquier momento se me va a escapar lo que quiero decirte, y en ese momento me salva el gato, que se sube a la silla que quedó vacía y nos lo quedamos mirando como bobos por 15 minutos.
Escribo lo que te quiero decir porque temo que salga al final de alguna de esas frases brillantes que tirás a la mesa así como si nada, cómo cuando me asombrás con esos datos que no sé de dónde sacás y obligan a volver a releer libros empolvados que reposan en el estante de la biblioteca. Porque me asombra la cantidad de cosas que sabés sin saber.
Te lo escribo antes que mis labios me traicionen entre sueños, y entonces suelte la frase que te quiero decir y no puedo, mientras estamos abrazados con 42 de térmica y sin ventilador porque lo desarmé y ahora no encuentro los tornillos.
Y ahora, mientras escribo esto, el gato saltó desde el monitor hasta la ventana desde dónde se ve la luna redonda que brilla y yo me pregunto qué verás vos en la luna, y cuánto falta para que salga el sol, porque esta noche, que no estás, dormir se me va a hacer más difícil que tratar de escribir lo que te quería decir, aunque nunca leas esto, y vaya a saber si alguna de las 30 personas llegó hasta acá para leerlo, pero bueno.
Te lo tenía que decir, porque no vaya a ser cosa que se me escape mañana cuando me termines de dar esos besos tan lindos que me esfuerzo en rechazar por lo mucho que me gustan y que siempre tienen gusto a menta con eucalipto, tabaco, una pizquita de anís y chocolate y cerezas, un cachito de mi perfume y en el fondo ese gustito a Casa y a uniforme y a colegio y tarde soleada cuando nos podíamos ir a las cuatro de la tarde porque faltaba la de química
Porque aunque nunca leas esto, te lo tenía que decir, porque somos amigos, y porque no vaya a ser cosa que alguna vez te enteres, justamente mientras lo estés leyendo.

Y bueno
Era eso nomás.

Thursday, January 04, 2007

Lo extraño no era que siendo las 12 del mediodía, en una esquina céntrica de Buenos Aires hubiese un señor con un pullover y un poncho de gaucho haciendo un show para los transeúntes mientras el termómetro marcaba los 40 grados de sensación térmica.
Lo raro tampoco era, que al doblar la esquina, en el balcón del primer piso de un edificio de departamentos, hubiese otro señor calvo y barrigón en slip rojos y en cuero, parado en un banquito colgando la ropa de una soga.
Lo raro del caso, es que, en esa zona céntrica, a esa hora, y con ese calor, los transeúntes que pasaban estuviesen demasiado ocupados, caminando rápido, hablando por sus celulares y mirando para adelante; como para poder girar su cabeza y prestar atención arriba o al costado.