Friday, March 20, 2009

Una certeza

“Nunca te vi mirar a ningún hombre como lo mirabas a él” me dijo Jebús hace un poco más de un año refiriéndose al amanecer en que conocimos a Elchico. Y claro, en ese momento pensé que exageraba, hasta que me asombré mirando como lo miraba ayer cuando hablábamos a través de la Webcam.
Mi sentir por Elchico me excede y se traslada hasta a los más mínimos actos físicos sin yo poder siquiera controlarlos. Como la vez que lo volví a ver hace unos meses y me saltaban las lágrimas sin sentir congoja. Como cuando está a una cuadra de distancia y empiezo a apurar el paso sin siquiera pensarlo.
Atrás quedaron las diez razones, lo que pensarían sus padres, los problemas con los tiempos, los diferentes hábitos. Porque hace un año, como hoy, tenía la misma certeza. Y entendí que una sola certeza puede contra diez razones, mil padres y todos los relojes del mundo.
Y a veces los fantasmas de recuerdos pasados hacen que quiera guardar todo en un frasquito, tal cual está ahora. Para sacarlo justo en caso que los para siempre empiecen a flaquear o cuando salten las asimetrías. Porque la experiencia te advierte sobre la devastadora sensación de lo que ocurre cuando las cosas se terminan, lo efímeros en que se transforman los para siempre, lo frustrante de la falta de deseo.
Y es la experiencia, pero por sobre todo la certeza, quienes me indican que esta vez, Elchico merece que trepe por encima de los fantasmas para hacer de todos los días nuestro para siempre.

Sunday, March 01, 2009

sobre perversiones

Es raro que duerma desnuda, pero el martes de la semana pasada (o fue de la anterior?), los 35 grados de térmica no me dejaron otra opción. También dejé la ventana abierta, y la persiana a medio bajar (o subir). Me desperté cuando ya era de día, destapada y sobresaltada, y lo primero que divisé fueron los ojos de ella mirándome. Era la vecina del piso de arriba en diagonal al mío (vivo en el contrafrente).Esa que desde que me mudé vive permanentemente, día y noche con la luz del velador prendido, esa que en una oportunidad mirábamos con Martín mientras hablaba por teléfono compulsivamente y se paseaba en bombacha por su living.
Esa misma, me miraba. Y yo, en bolas.
Sin pensarlo demasiado (de mañana mis neuronas trabajan menos de lo habitual), me tapé, di media vuelta y seguí durmiendo.


Ahora, desde ese día, a veces, cuando estamos Elchico, me dan unas ganas bárbaras de subir la persiana y llamarla.