Tuesday, April 21, 2009

Verdades sabidas por todas, pero nunca publicadas (al menos en este blog) n° 342344

Un gran porcentaje de la población en Argentina y paises límitrofes tiene una tia que lleva el apodo de "negra".

Tía Negra.

Saturday, April 18, 2009

Yo sabia que tomarme ese taxi e irme hasta el lejano sur era como meterse en la boca del lobo sin escapatoria hasta que llegase el día. Pero aún así, me llamó, insistió un par de veces con que fuese, intentó tentarme con un fernet y con un “vos dormís en la cama y yo en el sillón”, con alguna película o música o no se que. Y después de una charla de 45 minutos estaba anotando la dirección que me había olvidado, en un papel. Y ahí me fui, con un tachero que me hablaba del amor que le profesaba a una mujer casada, quien juraba que dejaría al marido en cuanto él consiguiese un departamento, y que “hoy es mi noche porque le jugué al Quini 6 y al Loto”. Por suerte estaba tan metido en su relato que no me preguntó nada sobre mi vida o adónde iba. Tal vez si lo hubiese hecho, le hubiera dicho que pegase un volantazo y volviese al barrio.
Y ahí llegué, tenia el papel en el fondo de la cartera, así que intenté acordarme el número de la casa sin éxito. Me acordaba que la puerta estaba al lado de una persiana metálica, pero ya no había ninguna. Volví a la esquina y corroboré si era la calle. Tuve que hacer un llamado telefónico, “cuál era tu casa?, estoy en la esquina”. El taxista seguía ahí esperando. Me tocaba bocina de vez en cuando. No se lo que habrá pensado. No me interesa.
Me abrió la puerta y mientras escribo esto y recuerdo el momento, una sensación de vacío me llena. Lo abracé y le pregunté por la persiana. Entré en esa casa en la que había proyectado tanto y que creí nunca más volver a pisar. El gato estaba igual, pero pelado. Los muebles estaban cambiados de lugar. Había más fotos. El piano del living ya no estaba: lo reemplazaba un sillón y el bandoneón. Me hizo de comer, tomamos Coca Cola, miramos cable (otra novedad), me dijo que estaba más linda que nunca, que qué onda con el pendejo, que él y su relación “free”, que el hombre no es monogámico y bla. Como si fuese una novedad para mí. Tomamos fernet, apagamos la tele, escuché un par de temas que quiere hacer con el bandoneón: uno de los Beatles, otro del Cuarterto de Nos y uno de Vilca. Escuchamos Guanunqueando como 50 veces. Yo solamente pensaba en las ganas que tenía de irme a dormir a mi cama.
Me dijo de ir a mirar tele a la pieza. Yo estaba cansadísima. Le dije que había prometido dormir en el sillón. Siguió insistiendo en ir a la pieza a mirar tele. Lo miraba y no reconocí ni un rastro de lo que me había enamorado de él.
Fuimos al cuarto y se me abalanzó. Le pregunté por su relación free y me dijo que habían llegado al acuerdo de no contarse nada de lo que hacían fuera de la pareja. Entendí que era la misma relación que me había propuesto a mí hacia unos años. Me dio pena por mí, por él, por todo ese vacío. Y ahí pensé que ese tipo que me lleva diez años nunca va a cambiar. Y era imposible tener una relación con él, como la que yo en su momento pretendía.
Y volví a sentir pena por mí y por hacer cosas sin entender del todo porqué las hago. Y me agarró de la mano y yo solamente quería que fuese la mano de ElChico. Me quiso dar un beso y me dieron ganas de vomitar. Y volví a sentir pena por estar ahí en ese momento.
Y quise con todo mi corazón irme. No por culpa por ElChico, ni como un acto de rencor porque ese tipo me dejó un par de años atrás y me hizo bolsa el alma. Sino que quería irme porque no tenía sentido estar ahí.
Le dije que no quería hacer nada. Me dijo que se conformaba solamente con volver a dormir conmigo y me pareció una escena absolutamente siniestra. Dormí vestida y al borde de la cama. Me despertó con mate, intentó volver a besarme y sonó el teléfono. Fue a atender. Volvió. Otra vez se me abalanzó y sonó mi celular que estaba cargándose en el piso de abajo. Bajé. No llegué a atender. Tenía una llamada perdida de mi hermano. Fui al baño, me lavé la cara, los dientes, me peiné, agarré mi cartera y me fui. Me subí al colectivo y llamé a mi hermano.

No le conté a nadie del asunto hasta ahora que lo estoy escribiendo acá y es como si se lo contase a decenas de ojos anónimos simultáneamente. Necesitaba escribirlo. No para lavar las culpas, ni para sentirme poderosa.
Sino por mí.
Y por la que no quiero volver a ser.