Friday, May 16, 2008

Tirano oro

No hay caso. Por más que lo intente. Y obedezca a sus tiranos mandatos. Y le haga caso a sus agujas. Y salga a “tiempo”. No hay caso. Una mano invisible se encarga de adelantarlas a una lógica sobrehumana. Ó poner escollos imprevistos en el camino. Y ahí estoy, llegando tarde. Pero no es mi voluntad, lo juro. Es que siempre se demora el ascensor. O el tren que estaba programado tuvo un desperfecto. O justo ese día la correctora de la editorial me pide que la espere para ir caminando juntas hasta el subte. Y se demora agarrando el saco, saludando a los que quedan, olvidándose algo en el escritorio. Y camina a dos por hora mientras se queja y me toca el brazo cada tanto para que asienta o le preste atención. Porque claro. Yo voy pensando en lo tarde que es. Y en que cómo puede ser si salí a tiempo.
También es común que al portero que me tiene que abrir la puerta, se le ocurrió ir al baño. O hay más gente que la acostumbrada en la fila para sacar pasajes. O me encuentro sin monedas cuando tengo que tomar el colectivo.
Y si estas estrategias de su tiranía fallan, me encuentro con aquel compañero de ese trabajo, que me cuenta sus desventuras y nos despedimos con la promesa de un café que nunca se concretará. Y el semáforo de la esquina se rompió y para cruzar la avenida hay que armar un piquete.
Pero sus tácticas son perfectas. Y nos deparan desagradables sorpresas. Como que se rompa la cartera, el taco del zapato, el cierre del pantalón.
Por eso llego tarde. Pero es inútil tratar de explicar. Cuando llego ya me estás esperando con un café. O mirando la hora, mandando mensajes y mirando para todos lados en la esquina. O leyendo, fumando, acostumbrados a las esperas. O cuando la clase ya empezó. O lo que es peor, con la terapeuta mirando el reloj y diciendo: “vamos a tener que pensar juntas porqué siempre llegás tarde a terapia”.

Pero es inútil pensar, reflexionar, entender. Son sus tiempos y conmigo no quiere ceder.

Eso si, cuando no tengo que llegar a tiempo.
Siempre estoy temprano.

Wednesday, May 07, 2008

Te pasa o no te pasa. Tan simple y complejo como eso.
Y cuando te pasa, te traspasa.
Y cuando no te pasa. Se queda ahí, en la superficialidad. Y no hay vuelta que darle. Por más piel, por más lindo o por más visera que lleve. Por más buen sexo o presentable que resulte. Por más que te canses de escuchar de boca de tus amigos, incluso los varones, “este chico es el más lindo que te conozco”.
No.
Si no te pasa, no te pasa.
“Tengo miedo que Visera me gane por inercia”, le decía hace un par de semanas a Lula. “Y.. porque quiera o no, está ahí, me pasa a buscar, me llama, se hace presente, me manda mensajes, se queda a dormir. Y yo ya estoy por llegar a los 30. Y me estoy saliendo del circuito de salidas. Y..”, le explicaba a Lula.
Y ella me respondía muy acertadamente -confirmando que los amigos tienen la capacidad de ver con más claridad que nosotros las situaciones en las que estamos metidos-“no creo que te quedes con alguien por inercia. Vos no hacés esas cosas”.
Y no. No está en mi naturaleza. Y lo entendí cuando vino un beso robado de antes y me hizo acordar que prefiero a los que traspasan. A los ideales por sobre los posibles. A los que esperás porque no te queda otra y porque sabés que “eso” que te hace llenar el pecho cuando te abraza es irremplazable. A los que abarcan el silencio sin palabras. A esos que tienen ese qué sé yo que te hace poner como no se qué.
A esos.
Así que prefiero no salvarme. Pasar.

Y seguir esperando a los que traspasan.