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Rueditas

Por esa época íbamos todos los sábados a la tarde al descampado de los eucaliptus a practicar andar en bici sin rueditas. Mi viejo aflojaba las tuercas, levantaba las rueditas y ahí empezaba la práctica. Yo pedaleaba, él ponía una mano en el manubrio y otra en el asiento de atrás, de a poco me iba soltando, pero no era fácil lograr el equilibrio, entonces sus manos, esas manos grandes, fuertes y cálidas volvían para sostenerme. No recuerdo cuántos sábados habremos ido a practicar a los eucaliptos, pero sí me acuerdo de aquel sábado. Ya estaba bajando el sol, yo pedaleaba mientras mi papá intentaba la técnica tantas veces repetida. En un momento dejó de sostener el manubrio y casi sin que me diera cuenta soltó el asiento. Me acuerdo de que miré al costado y vi en la tierra del descampado la sombra de su figura alejándose mientras yo seguía pedaleando. Lo recuerdo casi como una instantánea: la silueta, los rulos, los brazos atentos al costado del cuerpo listos para salir ante cualquier emergencia. Y también recuerdo mi sensación de asombro, libertad, alegría y, no lo voy a negar, un poco de miedo que se fue diluyendo a medida que aceleraba la marcha.  


(Hoy se cumplen tres años de la muerte de mi viejo. Estuve todo el día pensando en él y se me vino a la cabeza la imagen de su sombra en el descampado de los eucaliptos, ese sábado de hace muchísimos años en el que mi viejo tendría cinco años más de los que yo tengo ahora, y yo me sentía invencible por haber aprendido a andar en bicicleta). 

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No hay muestra mayor de compromiso que dar las llaves de la casa, departamento, habitación de pensión, lo que sea que fuese la morada de una. El compromiso no se demuestra con hechos, con presentar la familia, ni siquiera con un anillo. No. Darle las llaves a otro no es un hecho dejado al azar, no es una cuestión de practicidad, no es “para no bajar a abrir a la mañana”, para “que le vayas a cambiar las piedritas al gato”. No. Dar las llaves es “dar las llaves”.
A razón de verdad, yo di mis llaves una sola vez. Fue un acto ingenuo, casi obligado y con el que cargué mucho tiempo. El también me dio sus llaves. Finalmente, el devenir de los hechos hizo que sus llaves terminaran fundiéndose con muchas otras en el Monumento al Che, las mías vaya a saber dónde, pero bueno, ese es otro tema.
Por eso, yo ahora ando con mi par de llaves, otro en la casa de Almendra y otro en lo de Perro. Nada más. Ni a mi madre. Las llaves son una cuestión muy íntima. Y hace un par de semanas, cuando le quise ba…

Rellenita

Me volví adicta a una golosina. La conocí hace unos años, cuando Daniel vivía en Belgrano, porque las vendían en el kiosco de enfrente a la parada del colectivo. Daniel se mudó y no las conseguí más.
Pero hace unas semanas fui al cine, ese que queda en Congreso, y entré al kiosco de al lado… y allí estaban!… las únicas… las irrepetibles Rellenitas Chunky!!… Mi emoción fue tal, que a pesar del precio ($ 1,20) compré 4… y volví, volví al kiosco, solo para comprarlas… y le compré a la quiosquera una caja entera…de las de crema.. porque las de chocolate no son igual. La quiosquera me miró raro, pero me dejó la caja al costo!!!.. ahora, vivo a ingesta de Rellenita Chunky. Por lo menos una al día… todos los días.
Solo me resta encontrar un kiosco que siga vendiendo Cremokoa, y ahí si.. seré feliz….Además, me dí cuenta de que el relleno de las rellenitas es el mismo que el de las Cremokoa.. si, cada día mas loca, ya se.

Tirano oro

No hay caso. Por más que lo intente. Y obedezca a sus tiranos mandatos. Y le haga caso a sus agujas. Y salga a “tiempo”. No hay caso. Una mano invisible se encarga de adelantarlas a una lógica sobrehumana. Ó poner escollos imprevistos en el camino. Y ahí estoy, llegando tarde. Pero no es mi voluntad, lo juro. Es que siempre se demora el ascensor. O el tren que estaba programado tuvo un desperfecto. O justo ese día la correctora de la editorial me pide que la espere para ir caminando juntas hasta el subte. Y se demora agarrando el saco, saludando a los que quedan, olvidándose algo en el escritorio. Y camina a dos por hora mientras se queja y me toca el brazo cada tanto para que asienta o le preste atención. Porque claro. Yo voy pensando en lo tarde que es. Y en que cómo puede ser si salí a tiempo.
También es común que al portero que me tiene que abrir la puerta, se le ocurrió ir al baño. O hay más gente que la acostumbrada en la fila para sacar pasajes. O me encuentro sin monedas cuan…