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¿Qué pienso?

Que estamos todos muy rotos y no queremos rompernos más, entonces nos agarramos de teorías sobre el amor, el desamor, el poliamor, el sexo, el no sexo, la imposibilidad de comprometernos, las relaciones sexoafectivas de las que nadie entiende lo mismo. Todo para justificarnos, escondernos y no aceptar lo obvio. Que somos vulnerables. Que no queremos decepcionarnos. Porque ya pasamos por mil decepciones porque el otro es el otro y uno, obvio es uno. 
Pero en el fondo yo creo que queremos desesperadamente enamorarnos y sentir, aunque sea por quince milésimas de segundos, que podemos ser los seres más maravillosos para alguien. Y que nos acompañen y acompañarlos. Y construir.
Aunque, o a pesar de, que la realidad nos pase por encima. Porque el otro siempre va a ser el otro, y uno siempre va a ser uno, pero es una milagrosa maravilla cuando nos encontramos.
Eso pienso.  O, al menos, eso quiero yo. 

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!!!¿?!!!

La semana pasada. Dos lugares diferentes. Dos hombres distintos. La misma pregunta: -¿Estás tomando fernet?. Tras la respuesta afirmativa, la misma exclamación: -Qué raro que una mujer tome Fernet.
Cuando yo pensaba que mi madre había superado todos, pero todos los límites, en todos los rubros imaginados e inimaginados; me pregunta, así, como al pasar, en la entrada del edificio donde trabajo. Hija, ¿estás teniendo relaciones sexuales?. Lo peor de todo, peor aún que haya estado el portero presenciando la conversación, fue que no me hizo falta mentirle. Igual. Volviendo al tema de mi madre y sus límites. Si pudo superar ese límite. Solo me resta temer y esperar.
No hay muestra mayor de compromiso que dar las llaves de la casa, departamento, habitación de pensión, lo que sea que fuese la morada de una. El compromiso no se demuestra con hechos, con presentar la familia, ni siquiera con un anillo. No. Darle las llaves a otro no es un hecho dejado al azar, no es una cuestión de practicidad, no es “para no bajar a abrir a la mañana”, para “que le vayas a cambiar las piedritas al gato”. No. Dar las llaves es “dar las llaves”. A razón de verdad, yo di mis llaves una sola vez. Fue un acto ingenuo, casi obligado y con el que cargué mucho tiempo. El también me dio sus llaves. Finalmente, el devenir de los hechos hizo que sus llaves terminaran fundiéndose con muchas otras en el Monumento al Che, las mías vaya a saber dónde, pero bueno, ese es otro tema. Por eso, yo ahora ando con mi par de llaves, otro en la casa de Almendra y otro en lo de Perro. Nada más. Ni a mi madre. Las llaves son una cuestión muy íntima. Y hace un par de semanas, cuando le quise b...