Tuesday, June 30, 2015

De hecho

No es ninguna novedad ni será aquí el primer lugar donde lean esto: la convivencia, señores míos, es una cuestión complicada. En mi caso,  hizo que me encontrase con una faceta desconocida, inesperada, insospechada. Ante semejante sorpresa, consulté con varios pares que estuvieron atravesando o atravesaron por esta cuestión y llegué a una conclusión tal vez injusta: bajo ciertas condiciones, como la del concubinato, las personas, queridos míos, nos transformamos en seres desconocidos hasta para nosotros mismos. Existen, en este periplo, también risas y alegrías, claro está. Pero vamos a detenernos en los infortunios, que es lo más divertido de esta cuestión. En mi caso, yo ingresé a la convivencia de golpe y porrazo, luego de muchos años disfrutando de una vida solitaria con mascota. Al comienzo, las peleas eran por no encontrar algo en la alacena después de estar todo el día deseando el momento de llegar a casa para abrir ese… chocolate, ponele. También las hubo en relación a los horarios de llegada, usos del baño, despertadores, orden y desorden. Al comienzo, debo admitirlo, la convivencia me cayó mal, sacó lo peor de mí, me convirtió en un ser amargo, que se aferraba a unos hábitos, que, curiosamente nunca había tenido. Me estresaba por cualquier cuestión. Desde la rotura del lavarropas hasta quedarme sin pasta de dientes, todo era una catástrofe. En el ciclo del concubinato existen peleas por cuestiones referidas a bombachas colgadas en canillas del baño, el volumen de la televisión, descolgar la ropa si se cocina, la temperatura del aire acondicionado en verano y el acolchado y las frazadas en invierno, ect. Pero hay experiencias extremas, como la no utilización de bolsas del chino para los residuos,hacer los mandados con  ecobolsa y no hacer planes para los días miércoles porque es el día del lavado de sábanas.

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